martes, 13 de julio de 2010

Adiós

Estaba oscuro. Frío. La única luz que alumbraba la habitación era de las llamas en la chimenea. Llevaba puesta la toquilla de lana que tanto abriga y con una pluma en mano y papel empezó a escribir.

Querida rutina,
Espero que me perdones, pero no aguanto mas. Me voy.
He estado a tu lado todo este tiempo, pero ya hace meses que cavilo sobre la posibilidad de salir, ver nuevos horizontes, nuevos retos, nuevas metas, y con ellas, nuevas victorias.
Contigo he sido feliz. Créeme. Pero tengo la necesidad de salir y respirar algo fresco, puro.
Necesito sorprenderme de nuevo, y contigo, lo siento, pero no puedo.
Es por eso que te escribo estas líneas, pues por muchas novedades que quiera en mi vida, mi vieja cobardía todavía me acompaña y sé que si no lo hago de esta forma, no te dejaré nunca. Quizás me encuentres. Algún día. Pero sepas que me esconderé de ti como no he sabido nunca hacerlo de nadie, necesito desprenderme de tu seguridad y estabilidad, y cuanto antes, mejor.
A tu manera, sé feliz. Yo lo seré.

Me largo, adiós.

Dejó la carta sobre la mesa del escritorio, junto a su libro favorito, el que cada día leía a las 4 en punto. Hora de lectura.
Cogió la pequeña maleta, donde metió lo justo y necesario para emprender su nueva vida. Miró hacia atrás y observó todo lo que allí dejaba. Prometió no volver a hacerlo. Se dirigió hacia la grande y pesada puerta y una vez fuera de la casa, cerró de un portazo. Adiós, se dijo a si misma. Adiós.

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